A los dentistas nos toca, demasiadas veces, oir aquello de “como no me dolía nada no he venido antes”, mientras estamos viendo a un paciente que tiene un diente destrozado, o una infección severa producida por una caries gigantesca.

Es lo malo que tiene la patología bucodental: salvo algunas excepciones, puede transcurrir un largo tiempo de evolución entre el establecimiento de un proceso patológico y la aparición de signos o síntomas perceptibles por el paciente. Imaginemos que tenemos una gotera en casa. ¿Esperaremos hasta que se inunde el salón o nos caiga el vecino encima o llamaremos rápido a alguien para que ponga remedio?. Lo razonable es atajar el problema cuando no ha causado daños irreversibles. Pues la boca y los dientes funcionan igual, con la diferencia de que al ser la boca “un agujero oscuro con muchas cosas dentro” lo suyo es que ese diagnostico, esa detección, la haga un profesional especializado. Es decir, el dentista.

Dentro del protocolo habitual de control periódico, en nuestra clínica, se procede a la inspección visual de las piezas dentarias, palpación de tejidos duros mediante sonda, inspección visual de los tejidos blandos, sondaje periodontal, sondaje por fluorescencia láser de lesiones susceptibles de ser caries, radiografías (si procede), y palpación extraoral de estructuras masticatorias para detectar posibles patologías funcionales. Este protocolo se aplica con una periodicidad que depende de las características de cada paciente. Puede ser anual, semestral, o con otras periodicidades.

Este protocolo busca llegar al diagnostico precoz de cualquier posible patología bucodental. Del diagnostico precoz depende el tratamiento en fases iniciales, con técnicas lo menos invasivas posible. Todo ello redunda en beneficios para el paciente: tratamientos menos agresivos y mas predecibles, ahorro de tiempo y dinero, y un estado de salud mantenido en el tiempo.